Historias del calcio

Una crónica de Italia a través del fútbol

La maldición del Papa difunto

Posted by Mr Forrison en abril 25, 2005

El Lazio fue fundado en un arrebato de pasión olímpica y adoptó los colores de la bandera griega, azul celeste y blanco. Luego, se tiñó de fascista, pero eso no viene al caso. En 1927, el Lazio sufrió una escisión por la parte de Testaccio, el barrio de los antiguos muelles, los mataderos y el romanesco cerrado, damose da fa, ahó, y nació el Roma, que se quedó con los hermosos colores del imperio, grana y amarillo, y con el nombre más rotundo.

Los romanistas se sienten más del pueblo que los laciales, más auténticos y más católicos. Hasta el grito de guerra tradicional contra las aficiones rivales, “che Dio ve furmini”, refleja su fe en el Dios tronante y justiciero del Antiguo Testamento. Aunque el nuevo Papa sea del Bayern y los cardenales más influyentes suelan decantarse por el Juventus, si hubiera que elegir al equipo papista del calcio ése sería el Roma.

Quizá sus desgracias actuales vengan de ahí. El Roma, que el año pasado luchó hasta el final por el título de Liga, que hizo el fútbol más hermoso, que le dio un célebre baño al Juventus en el Olímpico, que cuenta aún con jugadores como Totti, Cassano, Chivu, Montella o De Rossi, suele asumir la condición de piltrafa en las temporadas en que fallece un pontífice. La última vez que eso ocurrió, en el curso 1978-79, el Roma quedó en el duodécimo puesto, el peor del decenio. Lo mismo que cuando murió Juan XXIII: duodécimo puesto. Ahora, a cinco puntos del descenso y en estado de histeria absoluta, se dispone a conseguir algo parecido, si no peor.

La parte principal de la culpa debe recaer en Francesco Totti. Por algo posee el talento más brillante (y la cabecita más loca) y por algo recibió tres bendiciones personales del Papa Wojtyla, una cuando era aún un niñito rubio que no escupía ni pegaba patadas a nadie.

Cuesta entender la facilidad con que pierde los papeles el idolatrado Francé de los romanos. El miércoles, frente al Siena, se dio de manotazos con Tudor (tarjeta amarilla para ambos), le pegó una patada a Colonnese con el balón en el otro extremo del campo (segunda amarilla) y, ya expulsado, no quiso abandonar el escenario sin arrearle un puñetazo al mismo Colonnese. Dado que no portaba armas y nadie resultó muerto, la sanción se quedó en cinco partidos. Casi una despedida de la temporada.

Totti, sin embargo, no es el único culpable. Un club que consume cuatro entrenadores en siete meses, que busca un comprador dispuesto a pagar mucho y recibir poco, que da por perdido a Cassano, que soporta la continua violencia de sus ultras y que tolera la holganza indefinida de sus estrellas (los guapos como Totti no van a los campos de Trigoria a entrenarse, sino a darse un baño y un masaje) merece de vez en cuando un revolcón. Aunque toque sólo en año de sede papal vacante.

Un amigo romanista, residente en el hemisferio sur, me contó el otro día que seguía poniéndose la camiseta del Roma todos los domingos para ver el partido por la tele y que había enseñado a su hija de cinco años el himno de Antonello Venditti: “Gialla come er sole, rossa come er cuore mio…”. Poco después supe que a mi amigo le habían abierto la cabeza en Ecuador. Sólo quería desearle que se recuperara, recordarle que los cambios de Papa traen desgracia a los giallorossi y hacerle notar que la frase más pesimista del mundo, aquélla de que “toda situación humana es siempre susceptible de un empeoramiento”, la tiene patentada en exclusiva el Inter. O sea, que tranquilo.

 

Fuente: EL PAÍS

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